domingo, 22 de septiembre de 2013

Sensibilidad ante los reclamos sociales.

Manifestación de maestros en Xalapa, Ver. 


Por Lisardo Enríquez L.

El poeta, ensayista y Premio Nobel de Literatura Octavio Paz renunció a su cargo de embajador de México en la India a raíz de los hechos sangrientos del 2 de octubre de 1968. En febrero de 1970 publicó su libro Posdata, en el que entre otras muchas cosas dice: “Hubiera bastado con oír lo que el pueblo decía a través de las peticiones juveniles; nadie esperaba un cambio radical pero sí mayor flexibilidad y una vuelta a la tradición de la Revolución mexicana, que nunca fue dogmática y sí muy sensible a las mudanzas del ánimo popular”.

Hoy, ante los reclamos del magisterio nacional hace falta demostrar capacidad de negociación auténtica por parte del gobierno federal. Se insiste en que los maestros inconformes son una minoría y en que están desinformados. No es así. Las evidencias son claras. Han sido largos años en que unos cuantos deciden por la mayoría. Nuestra nación debe saltar a formas democráticas reales en donde haya participación efectiva de todos.

Los voceros hablan de reforma educativa en la que está plasmado el interés de la mayoría de la población. No es así. A los únicos que se consultó para elaborar las reformas a la constitución y para hacer las llamadas leyes secundarias es a los integrantes del llamado pacto por México. Tan sencillo que los profesores puedan ser partícipes de lo que se debe hacer, ello por supuesto da mayor legitimidad al propio gobierno y además está previsto en las normas. Se repite con insistencia que los derechos no sufren alteración alguna. Pero el contenido de la ley, ahora promulgada, dice otra cosa. Por otro lado, se intenta enfrentar a los ciudadanos con los maestros de muy diversas maneras.

Hay aquí una forma de entender el principio de autoridad como decisión unilateral que viola las leyes a las que se apela. En el problema que se está viviendo en estos días están involucrados los intereses económicos y de personalidad de grupos muy fuertes de los partidos mayoritarios, de agrupaciones empresariales y de quien o quienes aconsejan las reformas. Destacan aquellas personas que llaman a la represión del magisterio que hoy protesta, las cuales pertenecen precisamente a esos partidos y a quienes habrá que responsabilizar desde ahora de hechos que pudieran afectar la integridad física de los docentes en cualquier lugar del país, individual o colectivamente.


El Dr. Roger Díaz de Cosío, funcionario de la SEP en varias administraciones, en una de sus más recientes aportaciones dice: “Se trata como niños a los maestros, a los niños y a los jóvenes: se les dice con gran precisión lo que deben hacer, en cada hora de clase, todos los días del año escolar. No se les da tiempo para que ejerzan su propia iniciativa”. ¿No sería mejor comenzar de esta manera lo que podría ser realmente una reforma educativa, generando metodologías en donde alumnos y maestros puedan tener iniciativas propias, aprendiendo realmente a pensar y a ser creativos, por ejemplo? Estas decisiones no corresponden realmente a la mayoría de los mexicanos.

(Artículo publicado el 13 de septiembre de 2013, en Diario de Xalapa)

jueves, 19 de septiembre de 2013

Cinco siglos de rebeliones indígenas en México.



Por Lisardo Enríquez L.

De acuerdo con la historia diseñada para la escuela básica, y lo que ha sido en general  la historia oficial en nuestro país, los grupos indígenas se defendieron de los europeos durante la conquista y nada más. Tal parece que después aceptaron dócilmente el yugo español; que vieron resignados su destino. Pues nada de eso. Las etnias originarias de México han desarrollado una fuerte resistencia ante todo aquello que ha sido despojo y anulación de su identidad desde el siglo XVI hasta nuestros días. Primero se rebelaron en contra del colonialismo que duró tres siglos. Después, han seguido luchando frente a fuerzas que de muy diversas maneras los han marginado en lo físico y en su cultura.

Al respecto, se han publicado diversas obras sobre rebeliones indígenas en México, y sobre rebeliones de algunos grupos étnicos en particular. Dos autores han dedicado sus investigaciones a este campo especialmente: Miguel Bartolomé y Alicia Barabas. De esta última, el libro Utopías indias, Movimientos sociorreligiosos en México, de editorial Grijalbo de 1989, sirve de sustento a este comentario.

Para ubicar los conceptos que dan título a la obra de Barabas es necesario remitirse al significado literal de la palabra utopía, que la explica como ilusión, sueño, fantasía; no hay tal lugar;  o, sociedad ideal en la cual las relaciones humanas se regulan armoniosamente. Sin embargo, varios pensadores han sostenido que en la imaginación utópica se encuentra la clave de la libertad cuando se  la lleva a la realización concreta de lo que se ve como un sueño, que en lo general es la esperanza de un mundo mejor. Para los grupos étnicos de América vino un momento, el siglo XVI, en que su proceso de civilización quedó truncado. De ahí el deseo de los propios indígenas de recuperar lo que les fue interrumpido desde la conquista, pero no como un simple regreso a lo que fue, sino también en una perspectiva de futuro en la que se combinan y reinterpretan elementos de la cultura del dominador y de la propia. Es así como en la mente y en la acción de las culturas indígenas se dan los movimientos de resistencia, unos completamente violentos, y otros no necesariamente con esa característica.

La autora dice lo siguiente: “Los movimientos sociorreligiosos son fenómenos culturales y políticos que surgen en culturas y sociedades en las que religión y política son esferas profundamente interconectadas” (p.3). En dichas sociedades, la cosmovisión religiosa es el fundamento para comprender el mundo social;  en esa cosmovisión tiene su origen la rebelión, y es ella la que guía la acción. Los movimientos indígenas de México, del siglo XVI al siglo XX, “son prueba de la voluntad y praxis descolonizadora de los grupos étnicos, que  nunca se resignaron a someterse definitivamente a la situación colonial. . .”p.56.

Ninguno de los movimientos indígenas de insurrección llevados a cabo llegó a abarcar todo el territorio de lo que hoy es México, pero se trató de fuertes rebeliones étnicas en contra de las relaciones de dominación que, además, no fueron espontáneas sino proyectos deliberados, pensados y planeados. En la mayoría de los casos estos movimientos han sido recurrentes. Hay grupos étnicos que aún en nuestra época siguen levantándose en armas o en acciones de protesta en contra de la segregación y del despojo, como es el caso de los chinantecos y los mazatecos, así como de los mayas de Chiapas y, muy recientemente,  de los triquis y los zoques de Oaxaca.

Los motivos de las rebeliones indígenas han sido, principalmente, el deseo de recuperar las tierras que les han sido expropiadas, liberarse de la opresión, del trabajo de explotación de que han sido objeto, así como de los malos tratos de las autoridades tanto del orden civil como del eclesiástico, buscando volver a sus propias creencias y costumbres y a sus propios sistemas de gobierno. En el caso de la tierra, es ampliamente conocido que para las culturas indígenas no se trata de un bien material, sino de una relación indisoluble con la naturaleza, se trata de una relación sagrada que es el fundamento de su propia identidad.

Las investigaciones de Barabas arrojan que los escenarios donde se presentaron estas rebeliones fueron los territorios de lo que actualmente son los estados de: Yucatán, Campeche, Chiapas, Oaxaca, Guerrero, San Luis Potosí, Durango, Jalisco, Nayarit, Sinaloa,  Chihuahua, Sonora y Baja California. Algunos de los grupos que protagonizaron estas rebeliones están extinguidos. También es importante saber que los pueblos que anteriormente estaban enemistados, muchas veces se unieron para enfrentarse a los conquistadores. Los rebeldes que formaron parte de estos movimientos, en ciertos casos llegaron a sumar miles, y en muchos encuentros con los españoles, de igual manera, llegaron a caer en combate miles de indígenas, sobre todo por la desigualdad en la cantidad y tipo de armamento.

En relación a la resistencia indígena, Guillermo Bonfil escribió: “Si la violencia ha sido el instrumento permanente de la dominación, los pueblos indios también han recurrido a ella para rechazar la sujeción y reivindicar la libertad. La historia registra una cadena incesante de guerras de defensa ante la invasión y de sublevaciones contra la opresión colonial, que dan cuenta de la no-conquista, de la rebeldía y la afirmación histórica de los pueblos indios y su voluntad de permanencia” (1).

Todavía en la primera mitad del siglo XVI, a pocos años de realizada la conquista por parte de los españoles, se suceden levantamientos indígenas entre los mayas del sureste, los yopes que habitaban en lo que ahora es el estado de Guerrero, los zapotecos y mixtecos en lo que es el estado de Oaxaca, así como entre los indios de la sierra de Nayarit, presumiblemente coras y tepehuanes, y entre los cazcanes en lo que actualmente es el estado de Jalisco y áreas circunvecinas. Estos últimos abandonaron sus pueblos, se concentraron en un lugar elevado, estratégico e inaccesible llamado el Mixtón, y se enfrentaron en repetidos combates a los españoles, hasta que finalmente fueron derrotados muriendo en la lucha más de seis mil hombres de este grupo étnico.

Para finales del siglo XVI, las principales rebeliones indígenas tienen lugar entre los acaxées (en lo que actualmente es el estado de Durango), los tehuecos (en lo que es el estado de Sinaloa) y los guachichiles (que vivieron en lo que actualmente son los estados de San Luis Potosí y Jalisco). Otro movimiento de rebelión en esta etapa fue el que se llevó a cabo entre los mayas de Campeche, por motivos exclusivamente religiosos. Este movimiento fue encabezado por Francisco Chi, quien junto con sus capitanes fue condenado a muerte. Así, fueron ahorcados, decapitados, y sus cabezas clavadas en unos postes en la plaza pública para que sirviera de advertencia a todos los indígenas.

Al iniciarse el siglo XVII vuelve a surgir la rebelión de los acaxées, después la de los tepehuanes en 1616, que en uno de los combates perdieron más de quince mil guerreros, y que a partir de estos resultados fueron prácticamente exterminados. En 1624 estalló una sublevación  entre los mayas de Yucatán, su dirigente fue capturado sometiéndolo para que confesara y se convirtiera al cristianismo, pero como estaba resuelto a permanecer fiel a sus creencias fue ahorcado. Para 1636 los mayas de Quintana Roo se rebelaron, quemaron pueblos y huyeron al monte. En 1632 los guazaparis (en el sur de lo que hoy es el estado de Chihuahua) se rebelaron en contra de colonos españoles y de religiosos jesuitas. En esta zona se encontró una rica mina de plata donde se establecieron los españoles. Otro caso sucedió en el área del centro minero de Parral, territorio de indios nómadas que formaron la Confederación de las siete naciones, la cual incluía a los siguientes grupos: salineros, tobosos, conchos, julimes, cabezas, colorados y mamites. Éstos finalmente se rindieron, fueron castigados duramente y obligados a asentarse en los pueblos de donde procedían.

En la segunda mitad del siglo XVII se sublevaron los tarahumares (que habitaban en lo que actualmente son los estados de Chihuahua, Sonora y Sinaloa). Esta rebelión en realidad tuvo un primer brote en 1646, pero resurgió en 1650 dirigida por Teporaca, un líder valiente y de gran astucia que exhortaba a su gente a matar frailes y españoles, a profanar los objetos sagrados y a negar la obediencia que habían jurado al rey de España. En 1660 tuvo lugar una fuerte rebelión comandada por zapotecas, mixes y chontales en Tehuantepec, Nejapa, Ixtepeji y Villa Alta, debido a los abusos que cometían los españoles, incluso los frailes.

De una rebelión que se desarrolló en el norte (Nuevo México) entre 1680 y 1696, dice Barabas: “Durante dieciséis años, cerca de 25 mil indios de pueblos ya reducidos, preparaban calladamente los planes de una gran sublevación que se inició el 10 de agosto de 1680, en la que también participaron numerosos indios gentiles de diversas rancherías. Primero atacaron templos y monasterios, y luego marcharon sobre la capital, Santa Fe, obligando a sus moradores a evacuar la villa. . . Durante 1694 los keres, jemes, apaches y teguas atacaron poblaciones españolas, con sólo breves momentos de calma entre los brotes de rebelión, todos motivados por los injustos reacomodos a que eran sometidos los indios. Hasta 1696 los españoles lograron pacificar a los rebeldes permanentemente”. (2).

Ya para terminar el siglo XVII ocurrió la rebelión de los conchos (en lo  que ahora es el estado de Chihuahua) y de los Sobas (en lo que es actualmente el estado de Sonora), quienes dieron muerte a los frailes y en general a los españoles, destruyendo iglesias y todos los objetos sagrados, buscando recuperar la libertad perdida, hasta que fueron vencidos por las fuerzas militares españolas.

Barabas encuentra en el siglo XVIII nueve movimientos de carácter sociorreligioso, seis entre los mayas de Yucatán y Chiapas, uno en Oaxaca y dos en el norte del país. De ellos, hubo uno de los tzeltales en  Chiapas que marchaban armados con machetes y lanzas sobre Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas) en 1712, el cual tomó por sorpresa a los españoles, pero aún con eso lograron organizarse y detener a 4 mil indígenas. Para fines de ese año cayó la insurrección de Cancuc con mil indígenas muertos. A pesar de las numerosas bajas la resistencia continuó hasta 1716, año en que fue completamente contenida esta rebelión.

En lo que actualmente es el estado de Baja California habitaron grupos nómadas que se rebelaron en contra de los españoles debido a la actitud abusiva de éstos en las acciones supuestamente evangelizadoras. Los cochimíes en el norte y los pericúes en el sur se propusieron destruir todo rasgo de la religión cristiana, mediante una insurrección que estalló en 1735, arrasando cuatro misiones. La represión de los colonizadores fue tal, que quedaron solamente 400 indígenas de 4 mil que iniciaron la rebelión. Los yaquis que poblaban el territorio de lo que actualmente es el estado de Sonora se rebelaron en 1740 incendiando iglesias e imágenes. Después derrotaron a una tropa en un pantano en una acción de guerrilla, pero más tarde la insurrección fue dispersada y las fuerzas coloniales abatieron a más de 1600 rebeldes indígenas.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII ocurre un movimiento del que ha llegado más información a esta época. Se trata de la rebelión de Jacinto Canek de los mayas de Yucatán en 1761, que se inició en el pueblo de Quisteil. Se sabe que esta rebelión se venía preparando desde hacía tiempo, porque la gente tenía armas enterradas, metales y cosechas para mantener a los guerreros. Cuando vino la represión los españoles mataron a hombres, mujeres y niños indiscriminadamente. Canek fue torturado y muerto de manera horrenda. La memoria de Canek quedó viva, durante la Guerra de Castas en 1847,  el primer comunicado estaba firmado por Jacinto Canek y Manuel Antonio Ay. El primero había muerto 84 años antes.
Se dice que de los grupos étnicos del Nayar: tepehuanes, coras y huicholes, los coras se distinguían por ser los más rebeldes; que en el siglo XVIII se oponían a los misioneros franciscanos gritándoles: “no queremos ser cristianos, queremos defender nuestra libertad y a nuestros dioses”. Así que al comenzar el siglo XIX surgió el movimiento del  “indio Mariano”, como salvador que tenía el propósito de restaurar el imperio prehispánico. En la realidad se trataba de un indio llamado Juan Hilario, originario del pueblo de Colotlán,  quien propició este levantamiento convocando a diversos pueblos a concentrarse en Tepic para deponer a las autoridades. Este movimiento fue desarticulado totalmente.

Los yaquis, que habitaron en lo que hoy es el estado de Sonora, tuvieron una larga lucha no sólo militar sino de organización política. Esta lucha comienza en 1825 con su líder Juan Banderas, quien reunió a su pueblo en una Confederación Indiana que tenía como fin constituirse en una república de indios, dirigiendo a yaquis, mayos, ópatas y pimas. En 1926 y 1932 Juan Banderas volvió a rebelarse contra el gobierno de México para defender su territorio y la autonomía de la Comunila. Entre 1868 y 1887, el nuevo líder de los Yaquis fue José María Leyva, mejor conocido como Cajeme, quien luchó durante 19 años por los ideales yaquis que eran la autonomía y la independencia de su pueblo. Cajeme se ganó la simpatía de todos los yaquis y reorganizó el gobierno militar y civil con elementos que provenían de lo occidental y también de lo prehispánico. Cajeme fue asesinado y lo sucedió otro líder llamado Tetabiate. Después de diez años de guerrillas los yaquis firmaron la paz, y a partir de entonces vino la debacle para este valeroso pueblo. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX Tetabiate murió y muchos yaquis fueron deportados a Yucatán, Tlaxcala y Veracruz. Es bien conocido que a muchos de ellos los llevaron a Yucatán a trabajar en las plantaciones henequeneras como verdaderos esclavos.

Entre 1843 y 1845 estalló una sublevación de los triquis en lo que hoy es el estado de Oaxaca. Estamos hablando de la época de la nación independiente y de un movimiento que se originó por litigios territoriales con los hacendados, así como por las altas contribuciones que se exigían a los indígenas. Las acciones rebeldes tomaban como símbolo una imagen de Cristo y el lugar que más se conoce por esta rebelión es el pueblo de Copala, que tiene nuevas acciones en el siglo XXI.

La conocida Guerra de Castas de Yucatán comenzó en 1847 y se prolongó por más de medio siglo, es decir, hasta 1901, aunque continuaron los enfrentamientos todavía en el año 1915 y la pacificación total no se logró sino hasta 1937. Se sabe que la causa económica principal de esta guerra fue la expropiación de la tierra, el monte y el agua, ocasionada por las grandes plantaciones de caña de azúcar y de henequén, las cuales provocaron también que los indígenas mayas se convirtieran en peones atados al endeudamiento por impuestos excesivos. Los principales líderes de esta guerra fueron Jacinto Pat, Cecilio Chi y Manuel Antonio Ay. Los enfrentamientos militares más importantes ocurrieron en 1847 y en 1862, como se recordará, años importantes para el país en otros frentes políticos, económicos y militares.
En 1849 hubo un levantamiento de indígenas en el distrito de Chilapa, en lo que actualmente es el estado de Guerrero. Las autoridades de ese distrito impusieron un pago alto de contribuciones que los indígenas no estaban en condiciones de pagar. Por ese motivo se rebelaron con una bien organizada guerrilla que duró varios meses, al mando de Domingo Santiago, quien era originario del pueblo de Huayacantenango.

En el estado de Nayarit hubo un extenso y largo movimiento de los huicholes, encabezado por Manuel Lozada, conocido como El Tigre de Alica. Comenzó en 1855 y concluyó en 1881. Se trata de un movimiento a base de guerrillas, mediante el cual las fuerzas lozadistas llegaron a dominar todo el territorio de Nayarit, así como parte de Jalisco, de Zacatecas y del sur de Sinaloa.  Llegó a tener un ejército de once mil hombres dividido en tres secciones. Fue derrotado en la Mojonera, aprehendido y fusilado en Tepic en 1873. A la muerte de Lozada, el movimiento resurgió en 1878 bajo la conducción de Juan Lerma, quien era seguidor de Lozada. El gobierno desarticuló este movimiento llevando a las poblaciones a diferentes lugares de la república.

Los tzotziles de Chamula en el estado de Chiapas tuvieron motivos suficientes para rebelarse, la imposición y uso de una religión para explotarlos, la usurpación de las tierras comunales como resultado de la Ley Lerdo, lo que les dejaba sólo una opción: o se convertían en siervos de las haciendas, o se iban a la selva y la montaña. Así, este movimiento tiene un desarrollo de 1868 a 1870, durante el cual, entre otras acciones, los chamulas atacaron San Cristóbal llegando hasta el centro de la ciudad, y dejándola por la noche como si no les importara lo que lograron o no supieran que más hacer. Las tropas los enfrentaron matando a 300 indígenas, y su líder Cuscat se fue a la selva con 800 tzotziles que quedaban para organizar una guerrilla y reconstruir su templo.

El investigador Enrique Hugo García Valencia dice en su texto Etnohistoria regional respecto a las revueltas y rebeliones indígenas en el estado de Veracruz: “entre 1762 y 1787 hubo siete en Papantla, dos en Chicontepec y seis en Huejutla” (3), y más adelante cita: “Los esfuerzos indígenas por sumarse a movimientos regionales y nacionales se inician pronto después de la Independencia. Así, tan sólo en la Huasteca tenemos levantamientos en Tihuatlán, Tantoyuca, Ozuluama, Tantima, Chontla, Huejutla, Chicontepec, Tamazunchale, Tampico y Sierra Gorda, en donde indios y mestizos unieron esfuerzos para reivindicar sus causas” (4). A mediados del siglo XX se registra un movimiento de indígenas del totonacapan, especialmente en Chumatlán y Espinal, que es reprimido y sofocado por el ejército.

Este es sólo un panorama muy apretado sobre rebeliones indígenas. Habría que hacer un recuento aparte sobre luchas indígenas en el terreno estrictamente político, en cuanto a movilización no violenta, de lo cual también hay mucho por recordar y reflexionar. La población indígena, como se ve, ha estado reclamando siempre lo que le corresponde y defendiendo su cultura.

Referencias bibliográficas.
(1)  Bonfil, Batalla Guillermo, México profundo, una civilización negada. Ed. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Editorial Grijalbo, S.A. México, 1990. Pp.187-188.
(2)  Barabas, M. Alicia, Utopías Indias, Movimientos sociorreligiosos en México, Editorial Grijalbo, S.A. México, 1989. Pp.158-159.
(3)  García, Valencia Enrique Hugo y Romero Redondo Iván A., Coordinadores, Los pueblos indígenas de Veracruz, Atlás Etnográfico, Edición del Gobierno del Estado de Veracruz y del Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 2009. p.70.

(4)  Ibídem, p.73.


Artículo publicado en marzo y abril de 2008 en Tlanestli. 

(


lunes, 2 de septiembre de 2013

Puntos de vista sobre la educación y otros temas.


Marcha magisterial. 



Por Lisardo Enríquez L.

Los acontecimientos actuales en el país en torno a la educación, el petróleo y otros aspectos sobre los que se están tomando decisiones tienen por lo menos dos puntos de vista que nos regresan a posiciones ideológico-políticas del siglo XIX y de las primeras décadas del XX. Por un lado, élites que buscan profundizar en los beneficios que obtuvieron a partir de los años cuarenta del siglo anterior y de 35 años a la fecha. Por otro lado, corrientes que tratan de defender lo que queda de los logros de la reforma y la revolución, en una sociedad donde unas cuantas personas poseen inmensas fortunas, mientras millones se encuentran en pobreza extrema.

Los datos proporcionados por las propias instituciones oficiales, así como lo que se vive en nuestra realidad actual son evidencia suficiente de que el país está en una situación muy delicada. Pero hay quienes no lo quieren ver tal como es y se molestan de los señalamientos que cuestionan lo que a todas luces es inadecuado. En este mismo espacio (11-06-12) cité una opinión de Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, en relación a que en nuestro país era más importante en este momento atacar los problemas de la pobreza, la desigualdad social, así como mejorar la educación, entre otros, y que esto era más importante que hacer reformas estructurales, porque éstas ya habían mostrado su ineficiencia.

En otra edición de Diario de Xalapa (14-07-97) señalé: “habrá que imaginarse un poco lo que puede suceder en el año 2000. Desde ahora es necesario defender con firmeza la educación pública en sus preceptos y orientaciones fundamentales”. En lo que va de este nuevo siglo hubo algunas cosas regresivas como la reducción de materias y contenidos de humanidades, así como el abrir más la puerta a la iniciativa privada. Pero es en este periodo cuando se va con todo y sin permiso a deshacer aquello que con mucho esfuerzo lograron mexicanos libres y progresistas de nuestra patria. Y no se vale.
Todos los días, desde que hay protesta, escuchamos que hay sectores desinformados que no entienden cuál es la finalidad. Yo creo que sí se entiende bien de qué se trata y es lo que se busca impedir. Porque a los mexicanos en general no se les ha tomado en cuenta, no se han realizado consultas como lo establece la ley y no se escucha realmente “a los otros”. Se les oye para que se desahoguen, y nada más. El diálogo, para que lo sea, implica acuerdos, consensos. Si esto no existe estamos hablando solamente de voluntad de poder.

Como lo ha dicho en varias ocasiones el Rector de la UNAM, el Dr. José Narro Robles, se necesita una reforma educativa integral. Más allá, se necesita una definición de nación. Es importante saber hacia dónde vamos, pero no de manera sesgada, sino franca, directa y abierta para todos. En definitiva estamos atrasados, pero no vamos a salir de ahí ahorcando a los demás y entregando la riqueza del país al mejor postor como ya se hizo en años pasados. Si se trata de ahorcar hay que hacerlo con los corruptos, a ver quiénes quedan vivos. A los que piden acción contundente hay que preguntarles porque ellos no lo hicieron cuando tuvieron oportunidad. ¿Por qué hasta ahora?


Así es que son de hecho dos puntos de vista sobre nuestra realidad actual. Usted amable lector, ¿En cuál de esos dos puntos se ubica?

(Artículo publicado el 2 de septiembre de 2013 en Diario de Xalapa)

jueves, 22 de agosto de 2013

Escribir para ser.


El arte de escribir.


Por Lisardo Enríquez L.

Es característica del ser humano tener conciencia de su existir, de su ser, y de su necesidad de comunicación con los demás de su especie. Por ello es tan necesario que vaya desarrollando desde edad temprana su pensamiento y su capacidad de relacionarse a través de la palabra hablada y escrita. Ese desarrollo compete primero a la familia, después (y en alto grado) a la escuela y finalmente al propio individuo. Si se aprende a pensar y a expresarse correctamente al hablar, es muy probable que se tenga mayor facilidad para escribir.

 Escribir bien es un arte cuyo dominio implica muchas dificultades. En otras palabras, escribir bien no es tan fácil como a veces parece. Para empezar se tiene que hacer uso del idioma natural, del idioma vivo, de las palabras que comúnmente se utilizan en nuestra cultura. Muchas cuestiones no se aprenden bien y no se dominan, porque las prácticas o los ejemplos con los cuales se aprendieron no fueron reales y no se ejercitaron suficientemente. Escribir requiere práctica, ejercicio constante. Por lo general, los escritores han dedicado mucho tiempo a concebir una obra, luego a escribir y escribir una primera versión, después a revisar y corregir una, dos y más veces, finalmente a darle la redacción definitiva. Pero en ocasiones se vuelve a revisar la versión definitiva, porque todavía se le encuentran palabras o frases que se deben cambiar, suprimir o agregar.

Para escribir cualquier texto, pero con mayor razón si se trata de uno con cierta complejidad, es indispensable determinar qué es lo que se desea hacer y tener una idea de cómo se quiere desarrollar. Se considera que para escribir o elaborar un texto se tienen que recorrer varias etapas que esencialmente son las siguientes: planearlo, organizar las ideas sobre el mismo, hacer un borrador (de preferencia elaborar un esquema previo), revisarlo y corregirlo hasta ver que esté completo y entendible, y ya entonces proceder a la redacción final. En términos generales, un escrito consta de tres partes en su estructura, a saber: una introducción que sirve para justificar de qué trata el escrito y para despertar el interés de quien lo lea; un desarrollo o argumentación en el que se exponen las ideas que se tienen sobre el asunto y; una conclusión o final que resume lo tratado. No es necesario que lleve estas tres palabras, salvo que el texto así lo requiera.

Un escrito debe tener claridad, coherencia, precisión y sencillez, lo cual se alcanza después de mucha práctica de escribir. Las ideas deben expresarse de manera lógica, estar explicadas en forma que se comprendan y ser lo más puntuales o exactas que sea posible. Hay que evitar los rodeos en la expresión. Alguien ha dicho que la más bella frase es la más breve. Don Ermilo Abreu Gómez, el autor de Canek, escribió que la precisión “sólo se consigue con el tiempo” y la sencillez “sólo se consigue con muchísimo tiempo”. Pero escribir es parte de la esencia humana. Precisamente esta esencia es el ser, palabra que viene de “es”, que significa existir, encontrarse en la realidad y ser auténtico en un devenir, en un proceso, en un movimiento permanente de mejoría individual.

El escritor mexicano Julio Torri dejó escrito en uno de sus breves ensayos lo siguiente: “Escribe luego lo que pienses. Mañana ya será tarde. Tu emoción, tu pensamiento se habrán marchitado”. Así es que hay que poner manos a la obra. Hay que escribir y encontrar el gusto por hacerlo, igual que en la lectura, que por cierto, es uno de los mejores estímulos para escribir. Claro, hay que tener siempre un buen diccionario cerca.

Ahora insisto, en la formación inicial y en la actualización de los maestros es fundamental crearles el hábito de la lectura y el de escribir, sino ¿cómo van a formar a los niños y a los jóvenes para que sean lectores y para que escriban?


(Artículo publicado en Diario de Xalapa, 22 de agosto de 2013).

miércoles, 21 de agosto de 2013

Santiago Tuxtla y su región


Cabeza Colosal Olmeca, Santiago Tuxtla. 

Por Lisardo Enríquez L.

La exuberancia natural de la zona de Los Tuxtlas sólo puede percibirse y disfrutarse cuando se está ahí. Bosques, playas, lagos, ríos, cascadas, pantanos y color verde de distintas tonalidades por todos lados. Otro tanto hay que decir de su historia: de la época prehispánica, de la colonia, la independencia, la revolución y más capítulos como las erupciones que tuvo el volcán San Martín en 1664 y en 1793. Con seguridad lo que más se puede exaltar de las decisiones de gobierno es que se ha declarado reserva de la biósfera a esta  porción única de la selva húmeda de la costa del Golfo de México.

Dentro de esta hermosísima región se encuentra la ciudad de Santiago Tuxtla con su aspecto colonial. De una primera vista en su interior se capta la combinación prehispánica con la colonial; asiento de los legendarios Olmecas y parte importante del dominio de Cortés, sus descendientes y de otros de los conquistadores. En el centro del parque se luce una imponente Cabeza Colosal Olmeca, la de mayor tamaño de las encontradas hasta hoy, y su museo, muy cerca de ahí, diseñado con buen gusto e integrado con valiosas piezas. En éste también se localizan algunos libros de importancia como la Breve historia de Santiago Tuxtla escrita por Héctor Luis Campos, director fundador del grupo de música tradicional (jaraneros) Río crecido, y Rafael Santiago.

En torno al origen del nombre Tuxtla existe una discusión que no ha concluido. Muchos aprendimos que proviene del náhuatl tochtli o tuchtli, conejo, y tlan, lugar, con lo cual podría ser lugar de conejos, junto al conejo o abundancia de conejos. Pero con los autores de este libro vemos que hay otras interpretaciones. Se dice, por ejemplo, que esta palabra viene de tochtla, que toch o toche significa armadillo, y que por lo tanto sería lugar donde abundan los armadillos. Otra interpretación es aquella que varios investigadores retomaron de lo que unos ancianos originarios dijeron allá por 1580 respecto a que tuztla significa cabeza ancha, por lo cual sería tierra de caras o cabezas anchas. Varias de las interpretaciones tienen su fuente más remota en la lámina 46 del Códice Mendocino. Campos y Santiago refieren, lo cual se ve muy lógico, que en el documento de referencia aparece un pájaro amarillo y junto la palabra tuztlan, que puede derivar de tostli, cosa muy amarilla, y tlan, lugar, es decir, lugar donde abundan los pájaros amarillos.

Por otra parte, Santiago es el santo patrono, nombre que le viene de la época de la Colonia. Se dice que buena parte de los españoles pertenecían a la orden de Santiago. Por esta razón a varias poblaciones conquistadas por ellos se les puso el nombre del apóstol, el cual está montado en un caballo blanco y con una espada que apunta a lo alto. El nombre compuesto inicialmente fue Santiago de Tuztla. Es un nombre que representa la unidad de las dos culturas, la indígena y la española.


Por las condiciones que le dio la naturaleza, esta región es rica en su flora y su fauna y en los lugares que se pueden admirar y disfrutar. Pero también de inmediato se ve que ha faltado visión y apoyo para darle un alto desarrollo para el turismo, construyendo buenas carreteras así como otras obras de infraestructura que deben hacerse a partir de la participación directa de sus propios pobladores.

(Artículo publicado el 16 de agosto de 2013 en Diario de Xalapa).

Estimular la curiosidad y la creatividad en el proceso educativo.

                                                        

Albert V. Báez. 

                           Por Lisardo Enríquez L.


Una de las acepciones de la palabra educar viene del latín educare que se compone de ex (fuera) y ducere (sacar, extraer, desarrollar, desenvolver). Por lo tanto, incidir en la formación de los individuos implica estimular o incitar las facultades y las capacidades que potencialmente tienen todos los seres humanos desde pequeños, pero que requieren de descubrimiento y ejercicio. Es en este sentido en el que seguiré insistiendo que los mexicanos tenemos una filosofía muy clara y correcta, a la cual sólo falta darle cabal cumplimiento en los hechos. Me refiero a los postulados del Artículo Tercero Constitucional que a la letra dicen en lo esencial: “La educación que imparta el Estado tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano...”

Pues bien, el físico experimental, ambientalista y educador Albert V. Báez, nacido en México y educado en los Estados Unidos de Norteamérica, nos dejó ideas muy concretas al respecto. Dijo: “He llegado a la conclusión que mejorar la calidad de vida, la educación en general-y la educación científica en particular-debería generar cuatro cualidades importantes en el estudiante: Estas son curiosidad, creatividad, competencia y compasión”. En este pequeño texto se abordarán únicamente las dos primeras.

La curiosidad tiene que ver con la necesidad, deseo o motivación para averiguar algo, para saber algo, para buscar experiencias nuevas que suponen retos, para interrogar y buscar explicaciones, para dudar y seguir buscando, para cuestionarnos todas las cosas. La curiosidad nos lleva a saber y a comprender. Pero como dice Pablo Latapí, “La curiosidad, una facultad extraordinariamente poderosa en todo niño o niña y en todo joven, y desafortunadamente olvidada en la pedagogía instruccional predominante”.

 La creatividad por lo general tiene su origen en la curiosidad y conduce a la invención de cosas y de procedimientos que no se conocían antes. Las personas creativas tienen entre sus características ser imaginativas, críticas, tenaces y con una amplia capacidad de decisión, entre otras cualidades. El Dr. Báez nos habla de los niveles en que se ponen de manifiesto estas cualidades, de la manera siguiente: “Se ha dicho que la ciencia explora lo que es y la tecnología crea aquello que no ha existido nunca antes. La creatividad es, por lo tanto, la característica de la tecnología del mismo modo en que la curiosidad es la característica de la ciencia. No se puede generar ciencia sin ser curioso y no se puede generar tecnología sin ser creativo”.

Ya Piaget decía que “Las funciones esenciales de la inteligencia consisten en comprender e inventar”, lo cual nos hace ver la importancia que tiene en la educación estimular la curiosidad y la creatividad. Por supuesto que es fundamental preparar a los maestros con las herramientas necesarias para lograr estos propósitos y darles el lugar que les corresponde en la actividad educativa.

(Artículo publicado en Diario de Xalapa el 21 de septiembre de 2012).

miércoles, 14 de agosto de 2013

Movimiento precursor de la Revolución Mexicana.


Fragmento del mural "La historia de México: de la Conquista al futuro".
 Diego Rivera. 1929-1935.
Palacio Nacional, Ciudad de México.

Por Lisardo Enríquez L.

El porfirismo representaba en las últimas décadas del siglo XIX  y en los inicios del siglo XX, la negación de un pasado de gloria que habían dejado los liberales de la Reforma, y antes los grandes libertadores de la independencia.  El régimen porfirista veía a México como un país poderoso, pero lo creía posible justificando los privilegios de los ricos, dando prerrogativas al capital extranjero, y aplicando una política autoritaria y dictatorial que, según su punto de vista, anulara el desorden que  se había vivido durante más de medio siglo. De esa manera, lo que ocurrió en la realidad es que se suprimieron las libertades y los derechos de la mayor parte de la población y, como en cualquier dictadura, lo que prevaleció fue un  autoritarismo atroz, como lo relata en toda su crudeza el periodista norteamericano John Kenneth Turner  en su libro México Bárbaro.

Aparte de pocos y grandes terratenientes, la dictadura creó una burguesía que fue, a su vez, el sostén de esa misma dictadura. Pero este régimen no fue capaz de crear una clase media  ni urbana ni rural, ni una industria nacional. Las empresas y el comercio estaban principalmente en manos de extranjeros. Un dato concreto de cómo estaban las condiciones económicas en aquella época, revela por qué se empezó a generalizar aún más el descontento en el país en esas fechas: La tasa de crecimiento en la producción de la industria entre 1900 y 1910 bajó de manera drástica en relación con la que correspondió al decenio 1890-1900. Es decir, la economía vino a menos haciéndose más grave la pobreza, las libertades se suprimieron y sólo se hacía presente la fuerza del poder político y militar.

El Estado democrático desapareció y se sustituyó por el poder absoluto, dictatorial y personalista del Gral. Porfirio Díaz. Los derechos y libertades se volvieron efectivos solamente para el pequeño grupo de allegados a él, y como consecuencia también desapareció el sufragio universal. El pueblo fue anulado de la vida política.

Uno de los primeros señalamientos sobre  lo falso de esa estructura de privilegios, fueron las ideas  de  Wistano Luis Orozco, abogado jalisciense, quien en 1895, con las armas del conocimiento jurídico, abrió las posibilidades para el desarrollo del pensamiento de oposición, al poner en evidencia que la propiedad de grandes extensiones de tierra no estaba fincada  en el esfuerzo de quienes la detentaban, sino en la miseria de todos los demás.

Es así como se inicia el Movimiento Precursor de la Revolución Mexicana, considerando a éste como la totalidad de antecedentes de carácter político de la Revolución, que incluye huelgas, manifestaciones, rebeliones y levantamientos armados que comenzaron cuando se fundó el Club Liberal “Ponciano Arriaga”, en 1900, y llegaron hasta el inicio de la Revolución propiamente dicha en 1910. Estamos hablando de diez años de intensa labor organizativa y de actividad política en la que hubo amenazas, encarcelamientos, asesinatos y  destierros. En esta labor precursora desempeñaron un papel principal los intelectuales de la clase media, entre ellos muchos periodistas, y algunos que pertenecían a un estrato de la clase acomodada.

Con el manifiesto que publicó Camilo Arriaga el 30 de agosto de 1900, convocando a la organización de los liberales y denunciando el resurgimiento del clericalismo, se desencadenó una respuesta en trece estados de la República y en el Distrito Federal, en donde se organizaron aproximadamente cincuenta clubes liberales. Entre los principales estados donde prendió esta iniciativa estaban: San Luis Potosí (de donde era Arriaga, así como otros liberales muy importantes que después se radicalizaron y colaboraron en el Partido Liberal con Ricardo Flores Magón), Hidalgo, Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas, Durango, Zacatecas, Nuevo León, Michoacán, Puebla y Veracruz.

 Coincidiendo con el aniversario de la promulgación de la Constitución de 1857, el 5 de febrero de 1901 se inició el Primer Congreso Liberal en el Teatro de la Paz de San Luis Potosí, con una duración de seis días y la asistencia de más de cincuenta delegados, donde tuvieron una participación destacada Camilo Arriaga, Juan Sarabia, Antonio Díaz Soto y Gama y Ricardo Flores Magón, a quienes se les reconoció como figuras centrales del Congreso y de esta organización liberal. Flores Magón dijo en ese Congreso: “¡La administración de Porfirio Díaz es una madriguera de ladrones!” Al principio los delegados  rechazaron estas palabras, pero él las repitió dos y tres veces con fuerza y convicción, hasta que le aplaudieron respaldando esa posición. Había temor de que el Congreso pudiera ser disuelto, porque afuera del teatro estaban las tropas federales. Por fortuna eso no ocurrió, pero después fueron clausurados por el ejército o la policía los clubes liberales, en por lo menos la mitad de los estados donde se habían creado.

Las mujeres tuvieron una participación fundamental, el 15 de junio de 1901, Juana B. Gutiérrez de Mendoza y la Profesora Elisa Acuña fundaron el semanario Vésper, que se caracterizaba por ser antiporfirista.  Es importante citar a Antonio Díaz Soto y Gama, quien el 18 de julio de 1901, en Pinos, Zacatecas dijo en un discurso refiriéndose a Porfirio Díaz: “Caudillo que traiciona a la democracia. . . que no tiene un átomo de demócrata, ni la más leve tintura de estadista, ni conoce el respeto a la ley”. Por este discurso Porfirio Díaz mandó a que lo secuestraran y lo enviaran después a la cárcel de Belén de la ciudad de México. Cuando vino la Revolución, Díaz Soto y Gama se sumó a las filas del zapatismo. El 4 de noviembre de ese mismo año, 1901, el Club Liberal “Ponciano Arriaga” publicó un manifiesto en el que se habló por primera vez del problema agrario y de la necesidad de una reforma social.

Durante la mayor parte del año 1902, los principales dirigentes del movimiento liberal estuvieron en la cárcel. Lo anterior tuvo un efecto contrario al que se pudiera esperar al privar a los hombres de su libertad, hicieron que sus ideas se radicalizaran. De esa manera, el 23 de febrero de 1903, el Club Liberal “Ponciano Arriaga” publicó otro manifiesto en el que acusaba a la dictadura de dejar “al pueblo en la más triste orfandad política, sin una garantía que lo proteja, sin una libertad que lo eleve, sin un derecho que lo dignifique”. Unos días después, en otro manifiesto, éste del día 27 del mismo mes y del mismo año, decía: El Club “Ponciano Arriaga”...de pie sobre todas las miserias y sobre todos los personalismos, os convoca hoy ante el ara del deber a luchar por la regeneración de la patria.

Los años de 1904 a 1906 fueron de exilio para estos luchadores sociales que se instalaron en diversos lugares de los Estados Unidos de Norteamérica, de manera itinerante, debido a que eran perseguidos.  A fines del mes de septiembre de 1905, en el exilio, se instaló en San Luis Missouri la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, que fue el eje de todos los movimientos de lucha revolucionaria que durante esos años se realizaron en México. No obstante que el  gobierno de Porfirio Díaz tenía prohibidas las huelgas, se hicieron un total de 250 en esa época.  Entre el 1 y el 3 de junio de 1906 tuvo lugar la huelga de Cananea. Y el día 1 de julio de ese año, 1906, se publicó el Programa del Partido Liberal Mexicano, en el periódico Regeneración, que con ese motivo tuvo un tiraje de 250,000 ejemplares. El mismo Programa se imprimió en 500 mil pliegos más que se distribuyeron en nuestro país y en otros países del mundo.

El Programa contenía un apartado sobre Capital y Trabajo, en el que se estipulaba establecer la jornada máxima de trabajo de 8 horas, que se estableciera un salario mínimo, que se pagara con dinero en efectivo y no de otra forma, que se suprimieran las tiendas de raya, que se prohibiera el trabajo de niños menores de catorce años, que hubiera indemnización por accidentes y se garantizaran condiciones higiénicas y de salud en el trabajo.

La difusión del Programa, la penetración del periódico Regeneración y la huelga de los mineros de Cananea, Sonora, propiciaron en los últimos meses de 1906 la adhesión y simpatía de muchos trabajadores al Partido Liberal Mexicano dirigido por Ricardo Flores Magón, Juan Sarabia, Antonio I. Villarreal, Enrique Flores Magón, Librado Rivera y Manuel Sarabia.

De esta manera, grupos de revolucionarios afines al Partido Liberal  llevaron a cabo dos levantamientos locales en el año de 1906. El primero el 26 de septiembre,  en el que tomaron la plaza principal de Jiménez, Coahuila,  y cortaron las líneas telefónicas, siendo dispersados después por las tropas federales. El segundo fue en el sur de Veracruz, del 30 de septiembre al 3 de octubre, donde se levantaron en armas más de mil hombres, trescientos de los cuales fueron  comandados en Acayucan por Hilario C. Salas, quien anteriormente había trabajado como obrero textil en la región de Orizaba.

Para el mes de noviembre de ese mismo año, 1906, los patronos de la industria textil redujeron los salarios de los trabajadores, ya de por sí muy mermados, como lo estaban las condiciones generales de su trabajo, en las cuales no tenían garantías de ningún tipo, por la connivencia que había entre empresarios y gobierno. Ello hizo que los obreros de Puebla y Tlaxcala se fueran a la huelga el 4 de diciembre. La reacción de los trabajadores de la industria textil de la región de Orizaba fue apoyar a sus compañeros enviándoles ayuda en tanto se mantenía la huelga, lo que propició que los patronos cerraran las fábricas en la región de Orizaba, buscando con ello dejar a todos sin recursos para sobrevivir.

Ante esta situación, los representantes de los trabajadores tomaron el recurso de entrevistarse en la Ciudad de México con el propio Presidente de la República, solicitándole su apoyo para que interviniera en la solución de sus justas demandas. Como consecuencia de esa entrevista, el Presidente emitió un laudo el 4 de enero de 1907, en el que se mencionaban unos puntos que aparentemente favorecían a los obreros, pero en donde lo más determinante era que no se permitirían más huelgas, que se les vigilaría y que los trabajadores de Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Jalisco, Querétaro y Distrito Federal, debían regresar a sus labores a partir del 7 de enero.

Los obreros de las fábricas de la región se reunieron en  la Ciudad de Orizaba y ahí escucharon cuál era la resolución del Presidente de la República. En los trabajadores había desesperación por no tener lo indispensable para comer. Ya habían empeñado lo poco que tenían, y sus familias sentían angustia por no poder satisfacer sus necesidades más elementales. Por otra parte,  había surgido en ellos una toma de conciencia, producto de la propia necesidad y del trabajo político que ya se había extendido, mediante el cual se daban cuenta claramente que eran explotados. Cuando el dirigente José Morales terminó de leer el documento, los presentes quedaron en un largo silencio. Después comenzó a sentirse que había descontento, y entre la multitud una voz que sentenciaba no aceptar esa determinación, exclamando: ¡Primero mártires que esclavos! Era el primer anuncio de lo que sería al día siguiente la rebelión. Lo que se deriva de esta lectura, es que tenía que haber sacrificio en toda la extensión de la palabra y, efectivamente, vinieron los mártires, los mártires del 7 de enero de 1907 en Río Blanco, Nogales y Santa Rosa.

El Gran Círculo de Obreros Libres, creado en el mes de junio de 1906, desempeñó un papel fundamental en la politización de los trabajadores de la industria textil de la región de Orizaba. En esta labor fueron pioneros José Neira, amigo cercano de Camilo Arriaga, fundador del Club Liberal “Ponciano Arriaga”, y Juan Olivar, quienes eran delegados del Partido Liberal Mexicano.

En 1908 hubo nuevos levantamientos. El primero fue el 24 de junio en Viesca,  al sur de Coahuila, donde rebeldes al grito de “¡Viva la Revolución!”, “¡Viva el Partido Liberal!”, asaltaron las oficinas del gobierno municipal, la casa del jefe político y la sucursal del Banco de Nuevo León, y tuvieron el control del pueblo por uno o dos días. El segundo fue en Las Vacas, también del estado de Coahuila, donde otro grupo de rebeldes del Partido Liberal Mexicano atacó la guarnición militar el 26 de junio de ese año. En esa misma fecha hubo otro contingente rebelde que apareció en Casas Grandes y luego marchó a Palomas, en donde el 30 de junio y el 1 de julio se enfrentó a tiros con los soldados de la guarnición de ese lugar. Otros levantamientos tuvieron lugar en Los Hornos, Matamoros, y en la Sierra de Jimulco, del estado de Coahuila.

Es este un recuento muy rápido de la lucha llamada movimiento precursor de la Revolución Mexicana, en el que hubo coraje, idealismo, entrega y decisión. Cuando nuestros contemporáneos dicen: “Pues ahora estamos igual o peor que cuando la época de Porfirio Díaz”, lo que no dicen es que ninguno de nosotros tiene las agallas que tuvieron aquellos hombres y aquellas mujeres que dieron todo, incluso su sangre, por ver a la patria liberada del yugo de la tiranía.

La Constitución Política que se puso en vigor en 1917, el mayor triunfo de la Revolución Mexicana a favor del pueblo, pudo rescatar mucho de lo que se propuso en el Programa del Partido Liberal Mexicano. Ahí están las ideas, la lucha y  la sangre derramada por los mártires del movimiento precursor.

Bibliografía.

Cockcroft, James D., Precursores intelectuales de la revolución mexicana, Siglo XXI Editores, Vigesimoquinta edición en español, México, 2005.


Córdoba, Arnaldo, La ideología de la Revolución Mexicana, la formación del nuevo régimen, Ediciones Era, 24ª. Reimpresión, México, 2007.