jueves, 19 de septiembre de 2013

Cinco siglos de rebeliones indígenas en México.



Por Lisardo Enríquez L.

De acuerdo con la historia diseñada para la escuela básica, y lo que ha sido en general  la historia oficial en nuestro país, los grupos indígenas se defendieron de los europeos durante la conquista y nada más. Tal parece que después aceptaron dócilmente el yugo español; que vieron resignados su destino. Pues nada de eso. Las etnias originarias de México han desarrollado una fuerte resistencia ante todo aquello que ha sido despojo y anulación de su identidad desde el siglo XVI hasta nuestros días. Primero se rebelaron en contra del colonialismo que duró tres siglos. Después, han seguido luchando frente a fuerzas que de muy diversas maneras los han marginado en lo físico y en su cultura.

Al respecto, se han publicado diversas obras sobre rebeliones indígenas en México, y sobre rebeliones de algunos grupos étnicos en particular. Dos autores han dedicado sus investigaciones a este campo especialmente: Miguel Bartolomé y Alicia Barabas. De esta última, el libro Utopías indias, Movimientos sociorreligiosos en México, de editorial Grijalbo de 1989, sirve de sustento a este comentario.

Para ubicar los conceptos que dan título a la obra de Barabas es necesario remitirse al significado literal de la palabra utopía, que la explica como ilusión, sueño, fantasía; no hay tal lugar;  o, sociedad ideal en la cual las relaciones humanas se regulan armoniosamente. Sin embargo, varios pensadores han sostenido que en la imaginación utópica se encuentra la clave de la libertad cuando se  la lleva a la realización concreta de lo que se ve como un sueño, que en lo general es la esperanza de un mundo mejor. Para los grupos étnicos de América vino un momento, el siglo XVI, en que su proceso de civilización quedó truncado. De ahí el deseo de los propios indígenas de recuperar lo que les fue interrumpido desde la conquista, pero no como un simple regreso a lo que fue, sino también en una perspectiva de futuro en la que se combinan y reinterpretan elementos de la cultura del dominador y de la propia. Es así como en la mente y en la acción de las culturas indígenas se dan los movimientos de resistencia, unos completamente violentos, y otros no necesariamente con esa característica.

La autora dice lo siguiente: “Los movimientos sociorreligiosos son fenómenos culturales y políticos que surgen en culturas y sociedades en las que religión y política son esferas profundamente interconectadas” (p.3). En dichas sociedades, la cosmovisión religiosa es el fundamento para comprender el mundo social;  en esa cosmovisión tiene su origen la rebelión, y es ella la que guía la acción. Los movimientos indígenas de México, del siglo XVI al siglo XX, “son prueba de la voluntad y praxis descolonizadora de los grupos étnicos, que  nunca se resignaron a someterse definitivamente a la situación colonial. . .”p.56.

Ninguno de los movimientos indígenas de insurrección llevados a cabo llegó a abarcar todo el territorio de lo que hoy es México, pero se trató de fuertes rebeliones étnicas en contra de las relaciones de dominación que, además, no fueron espontáneas sino proyectos deliberados, pensados y planeados. En la mayoría de los casos estos movimientos han sido recurrentes. Hay grupos étnicos que aún en nuestra época siguen levantándose en armas o en acciones de protesta en contra de la segregación y del despojo, como es el caso de los chinantecos y los mazatecos, así como de los mayas de Chiapas y, muy recientemente,  de los triquis y los zoques de Oaxaca.

Los motivos de las rebeliones indígenas han sido, principalmente, el deseo de recuperar las tierras que les han sido expropiadas, liberarse de la opresión, del trabajo de explotación de que han sido objeto, así como de los malos tratos de las autoridades tanto del orden civil como del eclesiástico, buscando volver a sus propias creencias y costumbres y a sus propios sistemas de gobierno. En el caso de la tierra, es ampliamente conocido que para las culturas indígenas no se trata de un bien material, sino de una relación indisoluble con la naturaleza, se trata de una relación sagrada que es el fundamento de su propia identidad.

Las investigaciones de Barabas arrojan que los escenarios donde se presentaron estas rebeliones fueron los territorios de lo que actualmente son los estados de: Yucatán, Campeche, Chiapas, Oaxaca, Guerrero, San Luis Potosí, Durango, Jalisco, Nayarit, Sinaloa,  Chihuahua, Sonora y Baja California. Algunos de los grupos que protagonizaron estas rebeliones están extinguidos. También es importante saber que los pueblos que anteriormente estaban enemistados, muchas veces se unieron para enfrentarse a los conquistadores. Los rebeldes que formaron parte de estos movimientos, en ciertos casos llegaron a sumar miles, y en muchos encuentros con los españoles, de igual manera, llegaron a caer en combate miles de indígenas, sobre todo por la desigualdad en la cantidad y tipo de armamento.

En relación a la resistencia indígena, Guillermo Bonfil escribió: “Si la violencia ha sido el instrumento permanente de la dominación, los pueblos indios también han recurrido a ella para rechazar la sujeción y reivindicar la libertad. La historia registra una cadena incesante de guerras de defensa ante la invasión y de sublevaciones contra la opresión colonial, que dan cuenta de la no-conquista, de la rebeldía y la afirmación histórica de los pueblos indios y su voluntad de permanencia” (1).

Todavía en la primera mitad del siglo XVI, a pocos años de realizada la conquista por parte de los españoles, se suceden levantamientos indígenas entre los mayas del sureste, los yopes que habitaban en lo que ahora es el estado de Guerrero, los zapotecos y mixtecos en lo que es el estado de Oaxaca, así como entre los indios de la sierra de Nayarit, presumiblemente coras y tepehuanes, y entre los cazcanes en lo que actualmente es el estado de Jalisco y áreas circunvecinas. Estos últimos abandonaron sus pueblos, se concentraron en un lugar elevado, estratégico e inaccesible llamado el Mixtón, y se enfrentaron en repetidos combates a los españoles, hasta que finalmente fueron derrotados muriendo en la lucha más de seis mil hombres de este grupo étnico.

Para finales del siglo XVI, las principales rebeliones indígenas tienen lugar entre los acaxées (en lo que actualmente es el estado de Durango), los tehuecos (en lo que es el estado de Sinaloa) y los guachichiles (que vivieron en lo que actualmente son los estados de San Luis Potosí y Jalisco). Otro movimiento de rebelión en esta etapa fue el que se llevó a cabo entre los mayas de Campeche, por motivos exclusivamente religiosos. Este movimiento fue encabezado por Francisco Chi, quien junto con sus capitanes fue condenado a muerte. Así, fueron ahorcados, decapitados, y sus cabezas clavadas en unos postes en la plaza pública para que sirviera de advertencia a todos los indígenas.

Al iniciarse el siglo XVII vuelve a surgir la rebelión de los acaxées, después la de los tepehuanes en 1616, que en uno de los combates perdieron más de quince mil guerreros, y que a partir de estos resultados fueron prácticamente exterminados. En 1624 estalló una sublevación  entre los mayas de Yucatán, su dirigente fue capturado sometiéndolo para que confesara y se convirtiera al cristianismo, pero como estaba resuelto a permanecer fiel a sus creencias fue ahorcado. Para 1636 los mayas de Quintana Roo se rebelaron, quemaron pueblos y huyeron al monte. En 1632 los guazaparis (en el sur de lo que hoy es el estado de Chihuahua) se rebelaron en contra de colonos españoles y de religiosos jesuitas. En esta zona se encontró una rica mina de plata donde se establecieron los españoles. Otro caso sucedió en el área del centro minero de Parral, territorio de indios nómadas que formaron la Confederación de las siete naciones, la cual incluía a los siguientes grupos: salineros, tobosos, conchos, julimes, cabezas, colorados y mamites. Éstos finalmente se rindieron, fueron castigados duramente y obligados a asentarse en los pueblos de donde procedían.

En la segunda mitad del siglo XVII se sublevaron los tarahumares (que habitaban en lo que actualmente son los estados de Chihuahua, Sonora y Sinaloa). Esta rebelión en realidad tuvo un primer brote en 1646, pero resurgió en 1650 dirigida por Teporaca, un líder valiente y de gran astucia que exhortaba a su gente a matar frailes y españoles, a profanar los objetos sagrados y a negar la obediencia que habían jurado al rey de España. En 1660 tuvo lugar una fuerte rebelión comandada por zapotecas, mixes y chontales en Tehuantepec, Nejapa, Ixtepeji y Villa Alta, debido a los abusos que cometían los españoles, incluso los frailes.

De una rebelión que se desarrolló en el norte (Nuevo México) entre 1680 y 1696, dice Barabas: “Durante dieciséis años, cerca de 25 mil indios de pueblos ya reducidos, preparaban calladamente los planes de una gran sublevación que se inició el 10 de agosto de 1680, en la que también participaron numerosos indios gentiles de diversas rancherías. Primero atacaron templos y monasterios, y luego marcharon sobre la capital, Santa Fe, obligando a sus moradores a evacuar la villa. . . Durante 1694 los keres, jemes, apaches y teguas atacaron poblaciones españolas, con sólo breves momentos de calma entre los brotes de rebelión, todos motivados por los injustos reacomodos a que eran sometidos los indios. Hasta 1696 los españoles lograron pacificar a los rebeldes permanentemente”. (2).

Ya para terminar el siglo XVII ocurrió la rebelión de los conchos (en lo  que ahora es el estado de Chihuahua) y de los Sobas (en lo que es actualmente el estado de Sonora), quienes dieron muerte a los frailes y en general a los españoles, destruyendo iglesias y todos los objetos sagrados, buscando recuperar la libertad perdida, hasta que fueron vencidos por las fuerzas militares españolas.

Barabas encuentra en el siglo XVIII nueve movimientos de carácter sociorreligioso, seis entre los mayas de Yucatán y Chiapas, uno en Oaxaca y dos en el norte del país. De ellos, hubo uno de los tzeltales en  Chiapas que marchaban armados con machetes y lanzas sobre Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas) en 1712, el cual tomó por sorpresa a los españoles, pero aún con eso lograron organizarse y detener a 4 mil indígenas. Para fines de ese año cayó la insurrección de Cancuc con mil indígenas muertos. A pesar de las numerosas bajas la resistencia continuó hasta 1716, año en que fue completamente contenida esta rebelión.

En lo que actualmente es el estado de Baja California habitaron grupos nómadas que se rebelaron en contra de los españoles debido a la actitud abusiva de éstos en las acciones supuestamente evangelizadoras. Los cochimíes en el norte y los pericúes en el sur se propusieron destruir todo rasgo de la religión cristiana, mediante una insurrección que estalló en 1735, arrasando cuatro misiones. La represión de los colonizadores fue tal, que quedaron solamente 400 indígenas de 4 mil que iniciaron la rebelión. Los yaquis que poblaban el territorio de lo que actualmente es el estado de Sonora se rebelaron en 1740 incendiando iglesias e imágenes. Después derrotaron a una tropa en un pantano en una acción de guerrilla, pero más tarde la insurrección fue dispersada y las fuerzas coloniales abatieron a más de 1600 rebeldes indígenas.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII ocurre un movimiento del que ha llegado más información a esta época. Se trata de la rebelión de Jacinto Canek de los mayas de Yucatán en 1761, que se inició en el pueblo de Quisteil. Se sabe que esta rebelión se venía preparando desde hacía tiempo, porque la gente tenía armas enterradas, metales y cosechas para mantener a los guerreros. Cuando vino la represión los españoles mataron a hombres, mujeres y niños indiscriminadamente. Canek fue torturado y muerto de manera horrenda. La memoria de Canek quedó viva, durante la Guerra de Castas en 1847,  el primer comunicado estaba firmado por Jacinto Canek y Manuel Antonio Ay. El primero había muerto 84 años antes.
Se dice que de los grupos étnicos del Nayar: tepehuanes, coras y huicholes, los coras se distinguían por ser los más rebeldes; que en el siglo XVIII se oponían a los misioneros franciscanos gritándoles: “no queremos ser cristianos, queremos defender nuestra libertad y a nuestros dioses”. Así que al comenzar el siglo XIX surgió el movimiento del  “indio Mariano”, como salvador que tenía el propósito de restaurar el imperio prehispánico. En la realidad se trataba de un indio llamado Juan Hilario, originario del pueblo de Colotlán,  quien propició este levantamiento convocando a diversos pueblos a concentrarse en Tepic para deponer a las autoridades. Este movimiento fue desarticulado totalmente.

Los yaquis, que habitaron en lo que hoy es el estado de Sonora, tuvieron una larga lucha no sólo militar sino de organización política. Esta lucha comienza en 1825 con su líder Juan Banderas, quien reunió a su pueblo en una Confederación Indiana que tenía como fin constituirse en una república de indios, dirigiendo a yaquis, mayos, ópatas y pimas. En 1926 y 1932 Juan Banderas volvió a rebelarse contra el gobierno de México para defender su territorio y la autonomía de la Comunila. Entre 1868 y 1887, el nuevo líder de los Yaquis fue José María Leyva, mejor conocido como Cajeme, quien luchó durante 19 años por los ideales yaquis que eran la autonomía y la independencia de su pueblo. Cajeme se ganó la simpatía de todos los yaquis y reorganizó el gobierno militar y civil con elementos que provenían de lo occidental y también de lo prehispánico. Cajeme fue asesinado y lo sucedió otro líder llamado Tetabiate. Después de diez años de guerrillas los yaquis firmaron la paz, y a partir de entonces vino la debacle para este valeroso pueblo. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX Tetabiate murió y muchos yaquis fueron deportados a Yucatán, Tlaxcala y Veracruz. Es bien conocido que a muchos de ellos los llevaron a Yucatán a trabajar en las plantaciones henequeneras como verdaderos esclavos.

Entre 1843 y 1845 estalló una sublevación de los triquis en lo que hoy es el estado de Oaxaca. Estamos hablando de la época de la nación independiente y de un movimiento que se originó por litigios territoriales con los hacendados, así como por las altas contribuciones que se exigían a los indígenas. Las acciones rebeldes tomaban como símbolo una imagen de Cristo y el lugar que más se conoce por esta rebelión es el pueblo de Copala, que tiene nuevas acciones en el siglo XXI.

La conocida Guerra de Castas de Yucatán comenzó en 1847 y se prolongó por más de medio siglo, es decir, hasta 1901, aunque continuaron los enfrentamientos todavía en el año 1915 y la pacificación total no se logró sino hasta 1937. Se sabe que la causa económica principal de esta guerra fue la expropiación de la tierra, el monte y el agua, ocasionada por las grandes plantaciones de caña de azúcar y de henequén, las cuales provocaron también que los indígenas mayas se convirtieran en peones atados al endeudamiento por impuestos excesivos. Los principales líderes de esta guerra fueron Jacinto Pat, Cecilio Chi y Manuel Antonio Ay. Los enfrentamientos militares más importantes ocurrieron en 1847 y en 1862, como se recordará, años importantes para el país en otros frentes políticos, económicos y militares.
En 1849 hubo un levantamiento de indígenas en el distrito de Chilapa, en lo que actualmente es el estado de Guerrero. Las autoridades de ese distrito impusieron un pago alto de contribuciones que los indígenas no estaban en condiciones de pagar. Por ese motivo se rebelaron con una bien organizada guerrilla que duró varios meses, al mando de Domingo Santiago, quien era originario del pueblo de Huayacantenango.

En el estado de Nayarit hubo un extenso y largo movimiento de los huicholes, encabezado por Manuel Lozada, conocido como El Tigre de Alica. Comenzó en 1855 y concluyó en 1881. Se trata de un movimiento a base de guerrillas, mediante el cual las fuerzas lozadistas llegaron a dominar todo el territorio de Nayarit, así como parte de Jalisco, de Zacatecas y del sur de Sinaloa.  Llegó a tener un ejército de once mil hombres dividido en tres secciones. Fue derrotado en la Mojonera, aprehendido y fusilado en Tepic en 1873. A la muerte de Lozada, el movimiento resurgió en 1878 bajo la conducción de Juan Lerma, quien era seguidor de Lozada. El gobierno desarticuló este movimiento llevando a las poblaciones a diferentes lugares de la república.

Los tzotziles de Chamula en el estado de Chiapas tuvieron motivos suficientes para rebelarse, la imposición y uso de una religión para explotarlos, la usurpación de las tierras comunales como resultado de la Ley Lerdo, lo que les dejaba sólo una opción: o se convertían en siervos de las haciendas, o se iban a la selva y la montaña. Así, este movimiento tiene un desarrollo de 1868 a 1870, durante el cual, entre otras acciones, los chamulas atacaron San Cristóbal llegando hasta el centro de la ciudad, y dejándola por la noche como si no les importara lo que lograron o no supieran que más hacer. Las tropas los enfrentaron matando a 300 indígenas, y su líder Cuscat se fue a la selva con 800 tzotziles que quedaban para organizar una guerrilla y reconstruir su templo.

El investigador Enrique Hugo García Valencia dice en su texto Etnohistoria regional respecto a las revueltas y rebeliones indígenas en el estado de Veracruz: “entre 1762 y 1787 hubo siete en Papantla, dos en Chicontepec y seis en Huejutla” (3), y más adelante cita: “Los esfuerzos indígenas por sumarse a movimientos regionales y nacionales se inician pronto después de la Independencia. Así, tan sólo en la Huasteca tenemos levantamientos en Tihuatlán, Tantoyuca, Ozuluama, Tantima, Chontla, Huejutla, Chicontepec, Tamazunchale, Tampico y Sierra Gorda, en donde indios y mestizos unieron esfuerzos para reivindicar sus causas” (4). A mediados del siglo XX se registra un movimiento de indígenas del totonacapan, especialmente en Chumatlán y Espinal, que es reprimido y sofocado por el ejército.

Este es sólo un panorama muy apretado sobre rebeliones indígenas. Habría que hacer un recuento aparte sobre luchas indígenas en el terreno estrictamente político, en cuanto a movilización no violenta, de lo cual también hay mucho por recordar y reflexionar. La población indígena, como se ve, ha estado reclamando siempre lo que le corresponde y defendiendo su cultura.

Referencias bibliográficas.
(1)  Bonfil, Batalla Guillermo, México profundo, una civilización negada. Ed. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Editorial Grijalbo, S.A. México, 1990. Pp.187-188.
(2)  Barabas, M. Alicia, Utopías Indias, Movimientos sociorreligiosos en México, Editorial Grijalbo, S.A. México, 1989. Pp.158-159.
(3)  García, Valencia Enrique Hugo y Romero Redondo Iván A., Coordinadores, Los pueblos indígenas de Veracruz, Atlás Etnográfico, Edición del Gobierno del Estado de Veracruz y del Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 2009. p.70.

(4)  Ibídem, p.73.


Artículo publicado en marzo y abril de 2008 en Tlanestli. 

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